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Nuevos Vecinos, Madrid, España
Sabores y memoria

Se ha dicho con propiedad que la comida es el acto cultural por excelencia: saber, placer, rito, experiencia, técnica, imaginación y memoria, entran en juego y se conjugan en la alquimia del cocinar. Memoria y cocina se relacionan profundamente. Nuestra apetencia o disgusto por un alimento así como nuestra concepción de lo beneficioso y lo perjudicial, tiene mucho que ver con la familiaridad, y con la valoración doméstica y social de su consumo. Michel De Certeau en su libro La invención de lo cotidiano decía: “comemos lo que nuestra madre nos enseñó a comer […]. Nos gusta lo que le gustaba, lo dulce o lo salado, la mermelada de la mañana o los cereales, el té o el café, de modo que lo más indicado es creer que comemos nuestros recuerdos, los más seguros, los más sazonados de ternura y ritos, que marcaron nuestra primera infancia”. Comemos memoria, y de esta manera nos relacionamos con personas queridas, con lugares y momentos. De ahí que el sabor de los dulces, el chocolate o los tamales de la abuela nos remonte a una casa, a un valle encantado, quizás a la infancia y seguro a los cariños y atenciones que acompañaban al banquete. Así, la cocina expresa al menos parte de lo que una sociedad es, y también deviene mediación entre naturaleza y cultura, entre memoria y afectos. Como lo manifiesta el escritor y crítico literario Rafael Chirbes, uno no es solamente lo que come, sino que uno es, sobre todo, dónde come, con quién come, cómo nombra lo que come y sobre todo es el relato que queda de esta experiencia. Compartir la mesa puesta invita al encuentro, pues la comida es memoria y comunión. (O) La cocina deviene mediación entre naturaleza y cultura, entre memoria y afectos.

Q21 Terrazas de Teatinos y olvídate de los problemas