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Juan Almeida, la Patria y la música

A Juan Almeida la música le corría a cántaros y no solo por las venas –como suele decirse–, sino porque su propia existencia tenía todos los ingredientes de un buen bolero, o una buena guaracha. Aquel muchachito, humilde albañil que rápido se unió a la lucha revolucionaria con 26 años, gestó con su vida una de las más peculiares historias de amor hoy conocidas: la Patria y la música.

No faltaron en las guerras libertarias en la Cuba del siglo XIX bardos, poetas ni mambises trovadores: quien lo dude solo tendría que evocar con pasión aquel pasaje que recoge la historia donde es cantado por primera vez nuestro Himno Nacional y que para regocijo de la Patria es considerado el Día de la Cultura Nacional, autoría de Perucho Figueredo con música de Manuel Muñoz Cedeño. También la creación de La Bayamesa, de Céspedes, Fornaris y Castillo, vino a conformar un espacio de honda sabia patriótica con especial lirismo, llamada a ser otra de las más bellas canciones de la Cuba irredenta que luchaba contra el colonialismo español.

Pero la obra musical de Almeida no solo contó con su fervor revolucionario y la inspiración de su pueblo: a ella supo imprimirle el Comandante una peculiar dosis de picardía y humor criollos sin restarle en ningún momento tiempo a sus importantes responsabilidades en la naciente Revolución, todas estas orientadas directamente por Fidel. Almeida sabía dirigir y exigir con hidalguía mientras componía y resumía nuestra idiosincrasia. Así, su extensa obra musical –y también como escritor– fueron, y son, un referente esencial para entender al hombre cabal, recto y a la vez buen cubano que fue, con canciones que en estos años han sido versionadas por las mejores voces de Cuba. Su obra musical se basó mayormente en sones, guarachas y canciones de compleja armonía en muchos casos, lo cual era solamente posible en personas con un don especial para la composición; y cito como ejemplo Me acostumbré a estar sin ti, Dame un traguito y Vuelve pronto que contigo quiero estar, que sin duda nos dan un panorama de su extensa –más de 300 canciones– obra autoral.

Tampoco descansó hasta dejar inaugurados en Santiago de Cuba los Estudios Siboney, como el símbolo perpetuo de su idea de cómo debiera ser el arte comprometido  con la Revolución.

De sus lecturas, sus amigos, sus debates y más, ya han escrito quienes por fortuna le conocieron, viéndolo incansable en su defensa del país, a su lado mientras terminaba una canción o acompañándole en su aventura de subir al Turquino cuando su salud no era ya la misma. Por ello, sirva este homenaje a su buen arte para reiterarle –al decir de un viejo amigo– ¡así te recordamos Comandante!