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500 años

“El sol caliente de firme, desvaneciendo los últimos jirones flotantes de niebla. El lago, cubierto de canoas es un puro reflejo. Llegan las barcas cargadas al borde de la calzada, y los tripulantes se alzan de puntillas a riesgo de volcarlas, tratando de mirar, lo más cerca que sea posible, las blancas carnes de los teules, sus extrañas armas y los caballos bañados en sudor que, con los cuellos arqueados y tascando el freno, hienden lentamente el apretado muro del gentío”

La fecha es quizá una de las efemérides más importantes de la historia moderna, el día de ayer, 8 de noviembre, se cumplieron cinco siglos del encuentro entre el conquistador español Hernán Cortés y el emperador Moctezuma.

Rescato en esta fecha algunos pasajes de la crónica de Fernando Benítez en su libro La ruta de Hernán Cortés, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1950.

“En Tláhuac, yendo camino de Ixtapalapa, descubren Tenochtitlán los españoles. Dice Bernal:  “Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas de agua … nos quedamos admirados y decíamos que parecía a las cosas del libro de Amadís, por las grandes Torres y edificios qué tenían dentro en el agua y todos de calicanto y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían, si era entre sueños …”

“En el centro del agua el espejismo de Tenochtitlán. dominando el caserío y las manchas oscuras de los huertos, las severas y finas pirámides con las altas techumbres de sus adoratorios; cómo a través de un cristal se advierten las masas rectangulares de los palacios, las plazas y los canales, todo contagiado de azul, de agua intrusa, y de cielo que reina soberano y en dondequiera se refleja “.

“A la mañana siguiente, el ejército sale de Ixtapalapa por la recta calzada que conduce a través del lago y hasta el mismo corazón de Tenochititlán.”

“Es un gran día, tanto para los aztecas como para los españoles. Los caballos relucen limpios. Brillan las armaduras y las espadas al claro sol de noviembre. Cortés y sus capitanes se han ataviado con sus mejores galas. Aún es temprano. Coyoacán, Churubusco y Mexicalcingo aparecen veladas en la cercanía, y la niebla matutina se arrastra, deshaciéndose perezosa a flor de agua”.

“El ejército ha conservado cierto orden en la marcha, pero antes de llegar al fuerte Xólotl que domina el cruce de la calzada, soldados y caballos se ven envueltos por una muchedumbre. Estas grandes calzadas cortadas de trecho en trecho por puentes levadizos, desempeñan la doble función de calles y camino reales. Son las vías de abastecimiento principal y el paseo obligado en una ciudad que carece de abundantes espacios abiertos. Por ello, a medida que lo teules avanzan, el tránsito va ofreciendo obstáculos insuperables. Los batallones de soldados y los mercaderes que salen a remotas expediciones, los esclavos cargados con vigas y petates, el alfarero que lleva a las espaldas sus pintadas ollas de barro, el cazador con su caza y el agricultor con sus verduras, se revuelven y chocan en el estrecho espacio de la calzada”.

“El sol caliente de firme, desvaneciendo los últimos jirones flotantes de niebla. El lago, cubierto de canoas es un puro reflejo. Llegan las barcas cargadas al borde de la calzada, y los tripulantes se alzan de puntillas a riesgo de volcarlas, tratando de mirar, lo más cerca que sea posible, las blancas carnes de los teules, sus extrañas armas y los caballos bañados en sudor que, con los cuellos arqueados y tascando el freno, hienden lentamente el apretado muro del gentío”.

“A pesar de la multitud en esta ciudad no se escucha el ruido habitual de las ciudades europeas. La vida de Tenochtitlán es una vida casi de insecto. No existen carretas ni coches. No hay bestias de cargas ni otras cabalgaduras que la de los españoles. Tampoco se escuchan las exclamaciones y los gritos característicos en la existencia urbana de España. Los indios apenas hablan, se mueven noble y despaciosamente, porque nadie tiene prisa”.

“En el fuerte Xólotol los señores de Tezcoco, Ixtapalapa y Tacuba se adelantan a recibir a Moctezuma mientras los españoles siguen avanzando despacio hasta que al trasponer un puentecillo la agitación de la multitud les anuncia la presencia del emperador”.

Moctezuma ha dejado sus andas y avanza sostenido del brazo por dos señores, exceso de cortesía que lo hace parecer inválido. Un palio adornado con plumas de quetzal, bordado de oro y piedras preciosas, lo cubre. Delante de él marcha un grupo de nobles, barriendo el suelo y tendiendo a su paso mantas de fino tejido. Moctezuma lleva la corona de oro y las orejas de jade propias de un rango, una preciosa capa de plumas, y sus sandalias de oro están incrustadas de piedras preciosas”.

“Se apea del caballo Cortés y, a través de sus intérpretes, entre reverencias y nubes de incienso, se cruzan las palabras de bienvenida. Cortés, que no descuida el menor detalle, saca del jubón de terciopelo negro un collar de piedras margaritas, sujetas a un cordón de oro perfumado con almizcle, se lo echa al cuello del emperador, sonriendo, y trata de abrazarlo, pero los señores que lo conducen lo impiden tomándole los brazos. Tocar al monarca es considerado por la etiqueta de la Corte como un grave desacato a la majestad real”.

“El encuentro no debe prolongarse. Moctezuma ordena a los señores de Tezcoco y Coyoacán que acompañen a Cortés hasta el alojamiento que se le ha preparado, y él se despide de sus huéspedes, volviéndose a la ciudad. Con él regresan los nobles de su séquito, fijos los ojos en la tierra, en largas filas ordenadas a los bordes de la calzada. Por mucho tiempo quedan temblando en el aire las plumas de quetzal de su palio. El pueblo se ha postrado al paso de su señor y nadie se atreve a romper el silencio. Todos se han quedado petrificados”.

“La partida de Moctezuma permite a los españoles avanzar con desahogo. Han traspuesto el verdor de las chinampas y comienzan a flanquear la calzada, las primeras casas de adobes encalados, de rojo tezontle o de piedra labrada. Por el vano de las puertas se ve el patio cuadrangular y la mancha oscura del jardín. Los numerosos templos que parecen jinetes entre las apretadas hileras de casas, dan a la ciudad un carácter muy peculiar. Esa vida pegada al suelo, ese trajín entomológico de hormigas atareadas (…) de pronto levanta el vuelo y quiebra la línea horizontal con una muchedumbre de audaces pirámides (…)”.

“Aturdidos y deslumbraos, rota la voluntad y dejándose llevar por la multitud, llegan los españoles a su alojamiento. Es éste el palacio de Axayácatl, padre de Moctezuma, enorme construcción que sirve de museo personal y de monumento erigido a la memoria del difunto monarca”.

Moctezuma los está esperando. Apenas entre Cortés, le pone el mismo un collar de conchas, de cada una de las cuales cuelgan ocho camarones de oro, y tomándolo de la mano lo lleva al aposento dispuesto para el capitán, donde se despide diciendo:

-“Malinche, en tu casa esta tu y tus hermanos. Descansa”.

“Apenas desaparece el anfitrión los españoles se ponen a recorrer el palacio. A Cortés se le ha cubiertos de esteras una estancia, y la cama —un simple edredón de plumas— tiene un magnífico dosel. A cada soldado aguarda una estera cubierta con un toldo de manta. La cal de los muros es reciente. Por todas partes se ven enramadas y manojos de flores”.

“Un banquete compuesto de interminables platillos se halla dispuesto. Hay que comer, pero antes debe pensarse en la seguridad del ejército. Los cañones asoman luego sus bocas a los cuatro puntos cardinales; lo centinelas, escopeta al hombro, aparecen en las azoteas, y se alistan lo caballos”.

“El recibimiento, en verdad, no se esperaba tan soberbio. El día quedaría fijo en la memoria: era el 8 de noviembre de 1519”.

 

 

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