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En torno a las poblaciones vulnerables

Canadá, Buenos Aires, Tokio, Moscú, Beijing, Sidney

En el tiempo que llevo enseñando relaciones internacionales e informando al público a través de los medios de comunicación, una lección —ya transmitida a esta generación de estudiantes y profesionales— se mantiene recurrente. La misma, a manera de reflexión, comienza y termina de igual forma: la política como práctica humana tiene que ver con el ejercicio del poder y las consecuencias humanas de este. El Estado, en tanto entidad y manifestación del “poder publico”, que disfruta fluidamente del consenso de los gobernados, es gestor y mantenedor de lo que yo llamo el “balance precario”. Es decir, opera en condiciones fluctuantes y cotidianas —contingencias—, inevitables algunas, autoinfligidas e infligidas a otros. Ya sean desastres naturales posteriormente manejados de manera insuficiente, indiferente y cruel del Estado que los convierte en catástrofes sociales, sean ciclos habituales de crisis o la inhabilidad de gobiernos poco competentes, el Estado crea —por comisión u omisión— susceptibilidad, vulnerabilidad, a grupos humanos.

Ejemplos abundan: sirios, yemeníes y palestinos en Medio Oriente; rohinyas, tibetanos y uigures en Asia; congoleses, somalíes, libios y saharauis en África; venezolanos, salvadoreños, guatemaltecos y hondureños en América Latina; haitianos en el Caribe y bahameños en el Atlántico Occidental. Y no olvidemos que nosotros, puertorriqueños y puertorriqueñas, vivimos disloques de gobernanza que afectan nuestras vidas cotidianas y productivas, todo por el legado perverso del colonialismo y aquellos que desde el poder encuentran rentable mantenernos en la ignominia.

Eso somos, poblaciones vulnerables, conglomerados humanos en situación de riesgo o desventaja. Lo somos por procesos o situaciones, mayormente gestionadas por el hombre, que nos privan de envolvernos en la vida política, social y cultural de un país, puesto que somos inmigrantes, refugiados, desplazados internos o desposeídos. Huimos de la guerra, de la limpieza étnica, del cambio climático que afecta nuestros entornos, consumidos por el capital y el consumismo desenfrenado y de países que se quedan sin posibilidades. Nos resignamos a una existencia precaria en la que la cotidianidad implica dormir en lugares distintos cada noche, usar facilidades poco higiénicas, beber agua contaminada y salir del campamento de lonas —o toldos azules— para suplicar posibilidades y dignidad. Abrazamos el marasmo por no poder trabajar, nos tragamos el desprecio y la antipatía de las poblaciones del país que nos recibe, toda vez que nos convertimos en fichas de juegos políticos perversos en la que nos abordan como chivos expiatorios, excusas pobres y cortinas de humo a los problemas internos de estas sociedades, o nos responsabilizan vilmente —sin pena ni verificación— de toda desavenencia.

Así somos, muertos caminantes, residuos humanos canjeables, transferibles, explotables y desechables. Objetos, pues dejamos de ser sujetos no solo de derecho sino de identidad y cultura, resignándonos a integrarnos silenciosa y tristemente allí donde renuentemente nos recogen. Dejamos de ser sujetos políticos porque saliendo de nuestro entorno no estamos en posición de demandar, ni de consentir, mucho menos de objetar el poder arbitrariamente ejercido. La miseria se acumula porque, vulnerables al fin, disponen no solo de nuestras existencias, sino de nuestros cuerpos. En el Curdistán, nación imaginada desde la precariedad, el martillo turco de Erdogan les hace moverse del noreste de Siria tras liberarse de las garras de Daesh (ISIS), arrancan la vida de los que se quedan sin compasión, sin más criterio que la instrucción vil de Ankara de desaparecerles; todo ello mientras intentan entender el porqué del abandono de los Estados Unidos y dejarlos a la merced de los turcos o de un Damasco prepotente; la más perversa de las biopolíticas.

Volviendo a la reflexión, me pregunto si las múltiples violencias que nos autoinfligimos son inherentes a la condición humana. Si, en el centenario de la Conferencia de París de 1919, en la que los victoriosos, sedientos de retribución y tierras, marcaron el fin definitivo de la Primera Guerra Mundial y estamparon nuestra contemporaneidad, hemos de conformarnos con ciclos recurrentes de crisis y violencia. La respuesta sin titubeos es no. Precisamos de exigir compasión, equidad, redistribución, desde la esfera pública —la calle— recordándoles que el consenso es efímero cuando la “democracia representativa” se torna inservible. El Demos debe siempre retomar el espacio político, una estructura paralela, ante la indiferencia o complacencia del poder público, arrebatándoselo temporera o indefinidamente, procurando ante todo dignidad.