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Maurici Macri, el presidente que perdió la reelección

Colombia, España, Madrid, Argentina, Buenos Aires

Hace décadas que al presidente le delegaron el poder familiar. Se lo entregó su padre Franco, el jefe del clan. Conoce lo que es tomar decisiones a un nivel muy alto y en soledad, como integrante de la clase social más favorecida. Los graves problemas que le ha ocasionado a la Argentina y su gente se deben explicar desde de ésa, su condición de clase, poniendo una mirada clasista en el análisis. Es parte de la élite dominante. Forjó su subjetividad entre Barrio Parque, el country familiar de Bella Vista y sus veranos en Punta del Este

Macri sabía muy bien que la política no es como el fútbol y que un país es muchísimo más que un club. Hoy no juega Riquelme. Tampoco puede apelar al celular de Dios que estaba en manos de Bianchi. Ni ilusionarse con los goles de Palermo. Su salida de la Casa Rosada se anticipó en las PASO. Ahora se va definitivamente. Le costó aceptar la derrota, el repudio del electorado – incluso el que lo votó en 2015 y 2017- por lo que no debe descartarse que antes de abandonar la Casa Rosada tire algún manotazo de ahogado.

Hace décadas que al presidente le delegaron el poder familiar. Se lo entregó su padre Franco, el jefe del clan. Conoce lo que es tomar decisiones a un nivel muy alto y en soledad, como integrante de la clase social más favorecida. Los graves problemas que le ha ocasionado a la Argentina y su gente se deben explicar desde de ésa, su condición de clase, poniendo una mirada clasista en el análisis. Es parte de la élite dominante. Forjó su subjetividad entre Barrio Parque, el country familiar de Bella Vista y sus veranos en Punta del Este.

En el grupo contratista del Estado era el heredero natural de Franco Macri. Las fortunas pasan de manos así y se mantienen por generaciones. La relación simbiótica con el Estado hizo lo demás: que la familia se sintiera con derecho a vivir de él. Fue una de sus principales beneficiarias. Pero el hijo decidió diferenciarse del mandato paterno en 1995. Quiso forjarse su propio camino, sin perder los privilegios sucesorios. Ese año se candidateó a presidente de Boca. Ganó las elecciones y desde ese momento lleva 24 años de trayectoria pública en cargos electivos. Ya no lo elegiría a dedo el padre y sí el voto de la gente. Condujo tres períodos consecutivos el club (1995-2007), fue votado por dos mandatos seguidos jefe de Gobierno porteño (2007-2015) y finalizará su presidencia de la Nación en diciembre.

En ese largo camino de casi dos décadas y media, Macri, casi sin disimulo, eligió de qué lado estar. Cuando gobernaba en Boca compartía su conducción con la responsabilidad empresarial. Todavía reivindicaba a Carlos Menem, mientras dejaba señales de los negocios que encaraba. El contrabando de autopartes de Sevel (1993) por el que estuvo procesado y embargado y el frustrado plan cloacal del intendente de Morón, Juan Carlos Rousselot (1995) a manos de Sideco Americana – otra empresa de su holding familiar – fueron dos antecedentes inmediatos que precedieron su llegada a uno de los clubes más populares del país.

Macri, desde ese momento – diciembre del ‘95 – eligió gobernar en Boca con la colaboración de empresarios que hicieron pingues negocios en el mercado de pases con futbolistas. Cabe recordar a la empresa ACE SA, sostenida con dinero del club y que colocaba jugadores en China. Se apoyó en su amigo del alma Nicolás Caputo para que le financiara una aventura en el club Badajoz de España. Decidió votar a favor de las sociedades anónimas en la AFA pero perdió 39 A 1. Le pidió al ministro de Justicia menemista Raúl Granillo Ocampo que le autorizara el Fondo Común de Inversión La Xeneize SA. Apostó a la empresa ISL que después quebró para explotar los derechos comerciales del club (lo que no pasó de un anteproyecto) y contó con la barra brava de Rafael Di Zeo para tener apoyo en las tribunas cuando le resultara necesario.

Cuando abandonó Boca, saltó a la política como jefe de Gobierno porteño y siguió eligiendo. Al intendente de la dictadura, el brigadier Osvaldo Cacciatore, como el modelo de administración a seguir. A la Unidad de Control del Espacio Público (UCEP) para apalear a indigentes y robarles sus pertenencias en la vía pública. Eligió un sistema de escuchas para tener información privilegiada de opositores, empresarios y familiares. Eligió aceptar el aporte de campaña del ex agente de la SIDE y proxeneta Raúl Martins, hoy detenido en México con pedido de captura internacional por “asociación ilícita y explotación económica de la prostitución ajena”. Eligió a una multinacional como Iron Mountain para que guardara documentación comprometedora sobre el lavado de dinero que no hizo nada para evitar un incendio de su propio depósito en Barracas y acabó con la vida de diez servidores públicos. Eligió a la patria contratista que él encarna para cementar Buenos Aires con desarrollos inmobiliarios manejados por sus amigos. Eligió las ciclovías y el metrobús como obras fetiche de su gestión. Impuso la proverbial manía de reparar veredas en cualquier barrio de la ciudad de Buenos Aires, que su sucesor Horacio Rodríguez Larreta transformó en su deporte favorito.

En diciembre de 2015, con el máximo poder del país en sus manos, eligió políticas, aliados y un camino para volver a insertarse en el mundo que le transfirió recursos multimillonarios al bloque económico dominante. Para ello favoreció a los bancos, el campo, las empresas de servicios, las petroleras, los fondos especulativos de adentro y de afuera y a varios de sus familiares.

En las sucesivas medidas que Macri comenzó a tomar, siempre quedaron al margen los sectores más desfavorecidos y las capas medias, los trabajadores formales e informales, las mujeres pobres y los desocupados, los jubilados y monotributistas. El presidente eligió, en cambio, la destrucción del empleo, la licuación de los salarios en dólares, la importación indiscriminada, la consiguiente demolición del mercado interno, las tasas astronómicas, la timba de las Lebacs y Lelics, los tarifazos, la inflación que antes de ser presidente decía que sería muy fácil de controlar. También eligió quitarles retenciones a las mineras y al agro, a Elisa Carrió para decir lo que él no se atreve, a un séquito de periodistas amanuenses para hacerle prensa a cambio de una pauta millonaria, eligió a los trolls de Marcos Peña y eligió además tener sociedades offshore. Pero sobre todo, se entregó al FMI para endeudar al país por varias generaciones mientras el grupo Macri evadía pagarle el canon al Estado por el Correo Argentino.

Macri eligió al CEO de Shell Juan José Aranguren para controlar a las petroleras, a Patricia Bullrich para controlar con la gendarmería el creciente conflicto social, al ministro Jorge Triaca para combatir el trabajo en negro aunque mantenía a su empleada de confianza sin papeles, a Laura Alonso para hacer la vista gorda a sus propios enjuagues, a la doctrina Chocobar para hacer escuela entre las fuerzas de seguridad, a Prat Gay, Melconian, Sturzenegger, Dujovne y compañía para manejar la economía que está como está.

Nos intentó convencer de que la lluvia de inversiones que nunca llegó sería necesaria para crecer. Eligió cobijarse bajo el ala protectora de su amigo, el magnate Donald Trump, congenió con el racista y misógino Jair Bolsonaro, se congratuló con Sebastián Piñera que ahora gobierna un Chile en llamas, tuvo compasión con el rey Juan Carlos de España cuando comentó su particular teoría de la independencia de nuestro pueblo. Eligió a Durán Barba como asesor – el mismo que definió a Hitler como un tipo espectacular -, a dos jueces de la Corte Suprema por decreto, al actor cómico Miguel del Sel como candidato a gobernador de Santa Fe y después como embajador en Panamá, a la Sociedad Rural para manejar el latifundio a su antojo y terminó con el país industrial y las Pymes.

Eligió al senador xenófobo y siempre oficialista Miguel Pichetto como compañero de fórmula. Eligió hablar de fútbol para descomprimir tensiones y también bailar en el balcón de la Casa Rosada para festejar como un logro haber llegado a lo más alto. Eligió criticar al electorado que no lo votó porque perdió las PASO y al que lo votó antes porque le retiró su confianza cuatro años después.

Macri eligió siempre según sus propios intereses de clase, los que él representa aun cuando sea una mala caricatura de los sectores dominantes. Pero cuando no lo religieron y se transformó en material de descarte, se brotó, encolerizó, no toleró la frustración de perder en las urnas y dio indicios de su desequilibrio emocional. En septiembre de 2018 ya había vaticinado que eso podía pasar cuando dijo en Mendoza durante la visita guiada a una familia: “Si me vuelvo loco les puedo hacer mucho daño a todos ustedes”.

Esto último es lo único que cumplió.

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