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La segunda invasión

Se vieron por primera vez en grupos de cinco. Altos, idénticos a los humanos, de no ser por un aire brujo que se notaba desde las ventanas temerosas. ¿Por qué no actúa la policía, si están violando la cuarentena?

Los marcianos no llegaron en cohetes ni en naves redondas de película. Emergieron desde adentro del planeta. Gatearon a través de las bocas de los volcanes, nadaron desde los abismos oceánicos y desde lagunas con tesoro indio y sin fondo. El desplazamiento no era para ellos problema. “Como Pedro por su casa”, pensó la muchacha de caminado cosquilloso.

A las pocas horas relumbraron los vehículos volantes. Silenciosos, prudentes, incluso juguetones. Tiraron paquetes de colores que tanteaban como drones hasta aposentarse al lado de los caminantes del otro mundo. Estos los abrían, sacaban provisiones, quizás atavíos, herramientas. ¿Armas? No parecía.

Calcularon su aterrizaje en el óptimo momento. La humanidad estaba confinada en sus casas desde hacía meses, a causa del virus. No infundieron espanto, los sitios públicos eran del todo para ellos. Constituían la segunda invasión. La primera fue la peste.

Hablar de invasión equivale a nombrar asalto, pillaje, conquista. ¿Es el caso? La muchacha de la ventana estaba hastiada de encierro. La víspera había enviado un trino: “Me siento en una película de ciencia ficción. ¿Y ustedes?”

No se sabía si los marcianos eran de Marte o del enorme Júpiter o del enano y distante Plutón. Los nombraron “marcianos” porque es lo más parecido al miedo. Pero más miedo da el contagio. ¡El número de muertos se multiplicaba por centenares de miles y ni hablar de los infectados!

Los tipos y las que parecían hembras se asomaban por las esquinas, curioseaban, no mostraban prisa. Tampoco hablaban entre ellos, como si adivinaran sus pensamientos. Uno de ellos se fijó en la muchacha morena y sintió cosquillas. La vio caminar en su balcón.

Se aventuró. Enfocó sus ojos y le hizo saber que era uno con ella. Así se arreglan las cosas en el espacio volador. De modo que a eso vienen. O también a eso. Ella abrió su teléfono para informarse.

El subcomandante de los recién llegados se había pronunciado: “Nosotros no sembramos el virus, pero sin él no habríamos tenido despejado el camino. ¿Comprenden que estamos aquí en son de alianza?” Ella salió a la calle y se encendió en abrazos con el invasor.