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El atípico verano que dejó el coronavirus en España (y el difícil otoño que viene)

Con esa nueva normalidad también comenzaba el verano más atípico, raro, extraño o como quieran llamarle. Supuso cambiar hábitos, anticiparse a los acontecimientos o conformarse con lo que había. Y con la incertidumbre siempre presente

Campaspero, Valladolid.

Foto: María García Arenales

El atípico verano que dejó el coronavirus en España (y el difícil otoño que viene) 26 de septiembre de 2020 · Escribe María García Arenales en Política internacional 10 minutos de lectura Con más de 704.000 casos, España lidera el número de contagios en Europa. Suscribite o ingresá Accedé a 10 artículos gratis por mes con la suscripción gratuita.

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Ingresá Accedé a 10 artículos gratis por mes con la suscripción gratuita. Suscribite gratis ¿Ya tenés suscripción? Ingresá El 21 de junio de un año cualquiera en España sólo marca el inicio del verano. Pero este año en el que todo cambió por la pandemia de covid-19 , el 21 de junio se convirtió en un día histórico: el país estrenaba la nueva normalidad tras más de tres meses en un estado de alarma que mantuvo a la población bajo un estricto confinamiento. Ese día se recuperaba la libre circulación entre regiones, al tiempo que reabrían servicios e instalaciones, si bien muchas restricciones y medidas de prevención, como el uso obligatorio de tapabocas, se mantienen hasta el día de hoy.

Con esa nueva normalidad también comenzaba el verano más atípico, raro, extraño o como quieran llamarle. Supuso cambiar hábitos, anticiparse a los acontecimientos o conformarse con lo que había. Y con la incertidumbre siempre presente.

Playas y piscinas fueron divididas en parcelas, los planes de vacaciones se pospusieron o directamente se cancelaron. Parques infantiles y fuentes de agua potable estaban clausurados, mientras que el ocio nocturno quedó restringido. Se suspendieron conciertos, festivales, bodas y otros muchos eventos que se celebran fundamentalmente en los meses estivales.

Algunos barrios, e incluso municipios enteros, volvieron a ser confinados debido a los rebrotes, al igual que hubo ciudades y comarcas que retrocedieron de fase para tratar de frenar el virus. Ningún pueblo pudo celebrar –o se redujeron al mínimo– sus tradicionales fiestas patronales, algo que no ocurría desde la Guerra Civil (1936-1939), y muchas ciudades tampoco disfrutaron sus ferias y verbenas.

La curva epidemiológica en España se mantiene al alza desde mediados de julio. También siguieron canceladas las visitas a ancianos en centros residenciales, lugares que han sido especialmente vulnerables desde el inicio de la pandemia en España. Según los datos aportados por las comunidades autónomas, más de 20.000 adultos mayores habrían muerto en los cerca de 5.500 residenciales que existen en el país.

Aumentan los contagios Desde mediados de julio la curva epidemiológica se mantiene al alza y en las últimas semanas los casos se han disparado de manera alarmante. España lidera el número de casos positivos de covid-19 en Europa y es el octavo en el mundo, con más de 704.000, aunque los infectados ahora, a diferencia de lo que ocurrió en primavera, son mayoritariamente asintomáticos, jóvenes y enfermos leves. Al inicio de la pandemia, más de 60% de los contagiados eran mayores de 80 años, mientras que en esta segunda ola del virus la edad media de los contagiados se sitúa por debajo de los 40.

“No es que el virus sea menos agresivo en estos momentos, sino que las características de la población contagiada son diferentes. Sabemos que el virus tiene peores consecuencias cuanto más avanzada es la edad y si existen enfermedades crónicas, mientras que la población sana y más joven tiene menos complicaciones, de ahí que haya menos ingresos en las unidades de cuidados intensivos” y menor cantidad de muertes que meses atrás, explica a la diaria José Miguel Carrasco, portavoz de la Sociedad Española de Epidemiología.

Los rebrotes se produjeron por una suma de factores, entre ellos, el ocio nocturno y las reuniones familiares. El aumento de casos en verano en España está ligado, sin duda, a la realización de un mayor número de test. Si hasta el 25 de junio se habían realizado 3,4 millones de pruebas PCR, según datos del Ministerio de Sanidad, hasta el 18 de setiembre esa cifra superó los 8,5 millones. Sin embargo, el aumento de pruebas por sí solo no justifica un incremento tan elevado de los casos en el país. De hecho, las principales causas de los rebrotes fueron el ocio nocturno y las reuniones familiares, eventos donde el uso de tapaboca y la distancia de seguridad brillan por su ausencia.

El verano hubiera sido un momento propicio para detener la evolución del virus al ser un período en el que pasamos más tiempo en espacios al aire libre. Sin embargo, es también un momento de ocio, relajación y más contacto social, por lo que no fueron pocos los besos, abrazos, reencuentros o fiestas en bares y discotecas que terminaron en contagios.

“Nos hemos expuesto con visitas a la familia y reuniones de amigos. Ha habido cierta relajación en la utilización de medidas preventivas precisamente en esos espacios que tienen más riesgo, pero que es donde más seguros nos sentimos”, continuó Carrasco, doctor en Medicina Preventiva y Salud Pública y miembro de la cooperativa Aplica, dedicada a la investigación social en salud y bienestar.

La proliferación de contagios también se dio, aunque en menor medida, en el ámbito laboral. Temporeros agrícolas, en su mayoría inmigrantes que sufren precariedad y explotación laboral, así como trabajadores de la industria cárnica y personal de residenciales fueron los grupos más afectados por la covid-19.

Todos estos factores, sumados a la vuelta de la actividad laboral, de las escuelas y de los núcleos urbanos con mayor densidad de población, da como resultado el gran incremento de los casos positivos con los que España ha concluido el verano.

Gestiones cuestionadas El importante aumento de casos de coronavirus en España también está ligado a la gestión ineficaz de algunos gobiernos regionales. Sólo así se entiende la situación que por ejemplo atraviesa la Comunidad de Madrid, la región europea con mayor tasa de incidencia del virus: 700 casos por cada 100.000 habitantes (según datos recopilados entre el 7 y el 20 de setiembre).

Los centros de salud y los hospitales madrileños sufren la falta de personal sanitario (al igual que otros lugares de España) y vuelven a estar al borde del colapso en esta segunda ola de la pandemia, según denuncian los sindicatos y los propios profesionales del sector. La región, además, tampoco cuenta con rastreadores suficientes, que deben encargarse de buscar a las personas que han estado en contacto estrecho con un caso positivo de coronavirus.

Ante una situación que empieza a ser insostenible, el 18 de setiembre el gobierno de la Comunidad de Madrid, liderado por la conservadora Isabel Díaz Ayuso (Partido Popular), decidió restringir la movilidad en 37 áreas sanitarias, las más castigadas por la pandemia y que se sitúan principalmente en los barrios del sur de la capital y en otros siete municipios de la región. De esa forma, más de 885.000 personas sólo pueden salir de sus casas por cuestiones básicas, como acudir al trabajo, al médico o hacer ciertos trámites, mientras que los parques y los jardines de esas mismas áreas deben permanecer cerrados.

Estas medidas, que se extenderán hasta el 4 de octubre, también afectan a la hostelería, donde se impone un aforo de 50%, y a las reuniones, que quedan limitadas a seis personas (en lugar de hasta diez).

Tanto grupos parlamentarios de la oposición en la Comunidad de Madrid como parte de la comunidad científica, asociaciones vecinales y ciudadanos de las zonas afectadas por esas restricciones han criticado duramente a Díaz Ayuso, al considerar que son medidas “ineficaces, clasistas y segregadoras”.

“No tiene sentido que se prohíban actividades al aire libre, donde el riesgo de transmisión es mucho menor que en lugares cerrados, como bares, cuando al mismo tiempo la gente se ve obligada a ir a trabajar en un transporte público abarrotado. Además, si la única solución que ha dado resultado es estar en casa confinados, ¿por qué entonces unos sí y otros no?”, se pregunta Francisco Javier García, empleado de la recolección de basura en Madrid y vecino del barrio Vallecas, uno de los que tienen mayor incidencia de covid-19. “Seguimos sin rastreadores y con los centros de salud bajo mínimos, pero eso sí, hay un importante despliegue policial para controlarnos… no se entiende nada”, dice este vecino a la diaria .

Por su parte, Carrasco considera que “de poco servirán este tipo de confinamientos y medidas para restringir la movilidad si no se refuerzan los servicios de atención primaria, de salud pública y de atención especializada”.

Madrid acumula el mayor número de contagios, seguido de Cataluña (este), Andalucía (sur) y Castilla y León (norte), mientras que Asturias (norte) es la región con más baja incidencia de coronavirus. El miércoles el gobierno de la Comunidad de Madrid solicitó al Ejecutivo central apoyo militar para hacer test y más policías para hacer cumplir las restricciones. También pidió la incorporación de 300 médicos extranjeros de fuera de la Unión Europea, aunque para ello es necesario una reforma exprés de la ley vigente. Ayer, además, el gobierno de Díaz Ayuso anunció que confinaría ocho zonas más en Madrid.

Más allá de la Comunidad de Madrid, y si bien la situación epidemiológica en toda España es preocupante, cabe recordar que las muertes por coronavirus en estos meses de verano no aumentaron tanto como los contagios. Según datos del Ministerio de Sanidad, las muertes registradas entre el 21 de junio y el 21 de setiembre ascienden a 2.360, y de esa cifra, la gran mayoría (1.532) se produjo en las tres primeras semanas de setiembre. Ayer en España la cantidad de personas que murieron por covid-19 llegaba a 31.100.

De regreso al pueblo Si me hubieran contado cómo sería mi regreso a España tras vivir siete años en Uruguay, seguramente no lo habría creído. Pero cuando una pandemia altera tus planes nunca sabes cómo vendrá la mano.

Se podría decir que mi nueva normalidad comenzó el 2 de junio, cuando aterricé en Madrid después de tomar un vuelo de repatriación desde el aeropuerto de Carrasco en el que viajamos unas 300 personas. A la mayoría nos habían cancelado los vuelos varias veces como consecuencia de la crisis sanitaria, pero finalmente pudimos volar.

Volvía a España consciente de que el regreso sería más complicado de lo normal. A principios de junio el coronavirus ya había provocado más de 27.000 muertes y más de 239.000 contagios en el país, convirtiéndolo en uno de los más castigados del mundo por la covid-19, y más golpeados también en el aspecto económico.

Nada más aterrizar en Madrid guardé mis primeras dos semanas de cuarentena obligatoria. Fueron días para organizar cuerpo y mente, descansar y extrañar, dentro de toda esa rara situación. Cuando el 21 de junio comenzó la nueva normalidad y la libre movilidad en España, me trasladé a mi pueblo, Campaspero, un pequeño municipio de apenas 1.000 habitantes situado en la provincia de Valladolid (norte) y que forma parte de la llamada “España vaciada”, esa que pierde población y a menudo es olvidada por las administraciones.

Al llegar al pueblo pensé en lo raro que sería todo por la pandemia. En que ya no podríamos disfrutar de los placeres típicos del verano, como el cine al aire libre, charlar en corrillos o comer helados en el mítico quiosco de la plaza. Tampoco habría fiestas, ni música ni cenas de chuletillas de cordero con todos los amigos reunidos. Pese a ello, no crean que todo fue malo, ni mucho menos.

Como la crisis del coronavirus obligó este verano a que muchos españoles cancelaran sus vacaciones tanto dentro como fuera del país, los pueblos han sido uno de los destinos más visitados, y no sólo durante la típica quincena, sino a lo largo de toda la temporada. Y el mío no fue una excepción.

Bastaba con echar un vistazo al número de bicicletas que llegaban hasta el taller mecánico para ser reparadas o a las casas que se volvieron a abrir después de llevar años deshabitadas o a la cantidad de gente de todas las edades que salía a dar un paseo cuando el sol ya no quemaba. O el simple hecho de tener que hacer cola en el supermercado.

El ruido también volvía. Niñas y niños gritaban, jugaban y correteaban de nuevo por las calles e invadían por la tarde la piscina, esa que había quedado dividida en parcelas por el coronavirus. Y algo parecido ocurría con los adolescentes, aunque estos además salían por la noche (y sólo ellos sabrán cómo fueron esos amores de verano).

El miedo al coronavirus y las medidas restrictivas de movilidad hicieron que muchos vecinos con segunda residencia en el medio rural se fueran a vivir al pueblo en cuanto se levantó el estado de alarma, el 21 de setiembre. Y aunque no son tantas las personas que se han planteado vivir ahí permanentemente, sí hay gente jubilada que ha decidido dejar la ciudad e instalarse de nuevo en el pueblo.

“Ha habido un boom de gente este verano en los pueblos de España, pero lamentablemente las administraciones en general no han sabido aprovechar bien la situación para fijar población en el medio rural y recuperar dinamismo. Es cierto que muchas personas mayores que ya no trabajan continúan quedándose, algo que antes no pasaba, pero al haber empezado las clases y la vuelta al trabajo, muchas familias han regresado a la ciudad” porque se ven más limitados en el medio rural, explica a la diaria Ramón Cano, secretario nacional de la Asociación Española contra la Despoblación. En muchos pueblos de esa España en la que avanza la despoblación falta infraestructura, fibra óptica con una velocidad adecuada para poder trabajar (o carecen directamente de conexión a internet) y facilidades, en definitiva, para conciliar la vida laboral y la familiar.

“Los tres pilares que debe tener un pueblo para funcionar son un colegio, un consultorio sanitario y un bar como centro social, y para que el día de mañana sea rentable hay que invertir dinero”, asegura Cano, quien lamenta la dejadez por parte de todas las administraciones, tanto a nivel provincial como estatal, al tiempo que destaca la necesidad de tener profesionales y técnicos en todas las entidades locales. Para cambiar la realidad de los pueblos, además de inversión, debe “haber gente que conozca el territorio, las costumbres de cada municipio”, añade.

De momento, no parece que la realidad del medio rural vaya a cambiar, al menos en el corto-mediano plazo, aunque tal vez esta pandemia sirva finalmente para revisar nuestras prioridades o plantearnos otra forma de vida, ya sea en el campo o en la ciudad. Yo sólo sé que mi pueblo vuelve a estar medio vacío y que me encantaría volver al cine de verano. Habrá que esperar de nuevo a que pase toda esta incertidumbre.

María García Arenales, desde Campaspero.

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